lunes, 14 de mayo de 2012

01x04: El Canario Chino (Segunda Parte y Final) - Por Tioserio

Parte 2

Llevo poco tiempo en esta ciudad pero el suficiente como para saber que el Club Shamone era en realidad la tapadera del mafioso local Mickey "El Tuerto" Shamone. Un mafioso de los de la vieja escuela que tocaba todos los palos: juegos de azar, droga, arte y, según me había informado la señorita Dickinson tras un breve viaje en la TARDIS, estatuas de pájaros doradas con etiquetas en la parte de abajo que rezaban "Made in China". Había sido un viaje de poco más de 24 horas, justo al momento en el que ella, su compañero y yo habíamos quedado. Justo antes de que les mataran. Ahí descubrí que el hombre era su esposo, que ninguno era de la Tierra y que, de hecho, El Canario Chino era más que una figurita. Era el armazón en cuyo centro se estaba gestando una nueva vida, era su hijo nonato. Por eso tanta prisa en recuperarlo, me dijeron. Querían mandarlo de vuelta a su planeta natal en el cohete que habían instalado en el pedestal para que viviese una vida plena. Justo en aquel momento había aparecido un matón de El Tuerto y los había matado. Delante mía. A sangre fría. Dos certeros disparos. No pude hacer mucho más así que volví a la TARDIS.

Así que ahí estamos Candy y yo, a las entradas del club Shamone. Yo con mi gabardina y mi sombrero de ala ancha sónico. De lo más normal. Candy con un vestido de noche verde esmeralda. Nunca dejará de sorprenderme esta chica. Cuando le dije mis planes no se extrañó en absoluto. De hecho, ya tenía el vestido y los zapatos preparados. Vestido y zapatos que le quedaban perfectamente conjuntados y que hacían que, según veníamos, todos los hombres se fueran fijando en ella. Las mujeres se iban fijando en mí. Bueno, casi todas. Porque yo siempre he sido muy bonito de ver. Está mal que yo lo diga pero es la verdad. Somos los reyes del baile de fin de curso del Club Shamone de esta noche.

Tras dejar la gabardina en el guardarropa (el sombrero no. Nunca. Es sónico. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar algo sónico.), pasamos a la sala de baile. Está llena de parejas bailando jazz. Todo muy de época, vaya. Por eso quizás no termino de comprender cómo se baila un jazz. Llámenme clásico si quieren. Llamo la atención de Candy y le dirijo la vista a la hilera de reservados que hay a la derecha. No es dificil descubrir cuál es el de El Tuerto. Al ser el dueño del club, ya se ha encargado él de recordarles a todos quién es el jefe haciendo de su reservado un autentico monumento al mal gusto. El más recargado, el más colorista, el que tiene el mayor número de bombillas. ESE es el reservado de El Tuerto. Y ahí está él, mirando la pista de baile con un puro en la mano agarrado a dos bellezas a cada cual más cara. Se lo hago señalar a mi acompañante que, no sé por qué, está extrañamente nerviosa. Lo noto en sus ojos, en su cara y, en definitiva, en el hecho de que no puede parar de temblar. "Necesito una copa", me dice. Nos acercamos a la barra.

Tras dos copas por parte de ella y un vaso de leche por mi parte (no bebo alcohol. Nunca. Es uno de mis trucos para llegar a los 900 años hecho un chaval.), Candy se ve con fuerzas. Subimos las escaleras y llegamos a la entrada del reservado. Dos guardaespaldas de cuatro por cuatro metros cada uno nos flanquean la entrada.

- No se puede pasar. - dice el Gorila #1, que parece ser el listo - Es privado y no teneis invitación. Así que aire, que chispea.
- ¿Acaso no sabes quién soy yo? - Candy, con la bebida, se ha vuelto más "temeraria". - Ande, dile a Papá que su hija ha venido a verle.
- ¿¿¿Su hija??? - Mientras Gorila #1, claramente confundido, entra al reservado, me pego a Candy y le susurro - No sabia que eras hija de El Tuerto.
- Lo habrías sabido si le hubieras puesto un poco de atención al contrato de trabajo que me hiciste firmar. Candy Shamone, hija única de Mickey Shamone. Otra cosa es que nuestra relación no sea la mejor y llevemos años sin hablarnos... pero sigue siendo mi padre. - Candy mira para otro lado. Me preocuparía pero ahí viene Gorila #1.
- Adelante. Pueden pasar, señorita Shamone y acompañante. El señor Shamone les está esperando.

Pasamos. No está mal eso de "acompañante". Quizás me podría llamar a partir de ahora "Acompañante Serio". Claro que tendría que hacer otra vez todas mis tarjetas de visita. Y cada vez que me llamaran tendrían que empezar a presentarme un día antes. Porque es largo de narices el nombre dichoso. Nah, me quedo con "Doctor Serio". O, bueno, de momento con "Detective Serio". Luego ya veremos.

En esas estoy pensando cuando entramos en el reservado. Es igual de hortera por dentro que por fuera. Una alfombra de leopardo hace que nuestros pasos apenas suenen. La decoración, una mezcla de estilo arabe y grecorromano, es lo siguiente a recargada. Es como si todas las posesiones valiosas de El Tuerto tuvieran que entrar ahí por decreto ley. En un sofá de madera rojo descansan (o al menos eso parece) las dos bellezas que hace poco estaban a ambos lados del gangster. Sus miradas, ausentes, me dicen que este no es precisamente el sitio en el que querrían estar a estas horas de la noche pero que bueno, que al fin y al cabo la bebida es gratis, así que tampoco es el peor en el que podían estar. A un par de pasos, dandonos la espalda, está el capo observando de cerca su última adquisión: el canario chino. Se lo hago notar a Candy. Mientras ella mira a su padre, comprendo el por qué del buen gusto a la hora de vestir de mi secretaria. Lo ha sacado de su padre. Impoluto, con un traje blanco a rayas negros, de esos que solo te pones cuando sabes que eres el jefe y que no te pueden decir nada por llevarlo, coronado con un sombrero del mismo estilo. Arreglado pero informal. Justo en ese momento se da la vuelta y puedo verle la cara. Sí, en efecto, nadie podría decir que no son padre e hija. Como dos malditas gotas de agua. Excepto por un bigotillo fino que tiene él. Por lo demás, iguales. O al menos en apariencia. Porque desde el primer momento veo que su relación no es... afectuosa. Se miran, asienten con la cabeza y poco más.

- Así que era verdad, la hija pródiga vuelve al redil...
- No te hagas muchas ilusiones, padre. Solo vengo acompañando a mi amigo. Estaría interesado en comprar algo de tu colección. Enrique Alfarero, mi padre. Mi padre, Enrique Alfarero. - Nos damos la mano mientras Candy se echaba a un lado.
- Encantado de conocerle. - Digo. Quiero ir en seguida a lo que hemos venido. No sé cuánto puede tardar el "huevo" en eclosionar. - Me perdonará si voy directo al grano pero estaría interesado en comprarle ese canario de oro que tiene usted allí. El dinero no es problema. ¿Puedo verlo más de cerca? Soy muy fan de... eh... la escultura de las Islas Canarias y es una de las piezas que falta en mi colección.
- Sí, claro, acerquese. Es una de mis últimas adquisiciones. No le saldrá barato precisamente, caballero. Me ha costado lo mío y blablabla...

Por mucho que quiera, no puedo estar atento a lo que me está diciendo el señor Shamone. Al acercarme a la estatua he visto una pequeña rajita en la base del pájaro que se está agrandando por momentos. Empieza como una raja pero un par de segundos despues se transforma en una red de lineas negras que envuelven a la figurita. No hay más tiempo. El pequeñín va a venir al mundo. Me saca de mis pensamientos un grito detrás de mí: "¿¡Pero qué hace!? ¡Está destrozando una obra de arte! ¡Guardias, venid!" El Tuerto está fuera de sus casillas. Candy está intentando retenerle a la que me mira, intentando leer en mis ojos alguna explicación racional. Justo en el momento en el que los dos guardias entran en la habitación con las pistolas desenfundadas, El Canario Chino explota en mil pedazos y de él sale aleteando lo que me parece un híbrido gris entre una polilla y un bebé. Nadie en la habitación da crédito a lo que ve. La cría, asustada, intenta escapar por la ventana del reservado. Lastima que en su camino esté el señor Shamone y su hija y los guardias lo vean como un intento de agresión. Empiezan a disparar. Las balas rebotan en la piel dura de la cría que, sin notar apenas nada, termina saliendo por la ventana del reservado.

No hay tiempo que perder. Tengo que conseguir detenerla antes de que la vea nadie más. Cojo el pedestal y salgo corriendo del reservado pisando un charco de sangre. Me giro a ver de quién o de qué es. Veo al señor Shamone tumbado en el suelo, con dos balas en el pecho, un charco de sangre saliendo de debajo de él y su hija a su lado llorando desconsolada. Candy levanta la cabeza y me mira. Veo rabia en sus ojos. No puedo quedarme mucho más. Hay una criatura extraterrestre ahí fuera que necesita mi ayuda para volver a casa. "Lo siento mucho", susurro antes de volver la cabeza al frente y salir corriendo. A mis espaldas oigo cómo Candy me grita y me insulta, culpándome de la muerte de su padre. Son momentos como estos en los que esto de ser un Señor del Tiempo se hace cuesta arriba. En serio.

Ya en la calle, enciendo mi sombrero de ala ancha sónico en modo busqueda. El pequeñín para ser sólo una cría es bastante rápido y ya me saca varios cientos de metros de distancia. A esa velocidad corriendo no lo alcanzo ni de coña, así que me monto en un taxi que está parado enfrente del club. El coche sale disparado atento a mis indicaciones. Mientras voy dandoselas al conductor (que, por otra parte, lo está flipando muy mucho) y nos vamos acercando a la cría, voy dándole un par de toques sónicos al pedestal para que se transforme de cohete en teletransportador. Ya tengo preparado un plan. Otra cosa es que funcione.

El taxista me dice que ya ve en el cielo delante nuestra algo que parece una polilla gigante. Es la hora. Como veo que me va a molestar, me quito la gabardina. Luego abro la puerta del taxi en marcha y, poquito a poco voy escalando hasta encontrarme tumbado sobre el techo del taxi. Ojito porque si ya de por sí no sería una cosa demasiado fácil de hacer con el taxi en marcha y las curvas y los bandazos y eso, se transforma en poco más que una odisea hacerlo con el pedestal-teletransportador a cuestas. Y aún así llego. Ahora viene la parte dificil: levantarme y tirar el pedestal a la cría de tal forma que le dé. Si lo consigo, el pedestal está programado para mandarla directamente a su planeta. Si fallo... bueno, si fallo se romperá el invento y entonces no sé cómo narices conseguiré apresar a la cría para llevarla en la TARDIS a su planeta.

Apoyo las manos en el techo y hago fuerza. Bien, ya estoy a cuatro patas. Y el pedestal sigue conmigo. De momento todo va bien. Ahora todo consiste en tener las plantas de los pies apoyadas y enderezarse. Venga... ¡Oh, mierda, un tunel de techo bajo! Me tumbo con un golpe sordo. La tripa me duele pero al menos he conseguido pasar por él. Siento como la goma de las zapatillas raspa con el techo del tunel. Intento no respirar. El tunel acaba. Poco a poco vuelvo a ponerme a cuatro patas y, por fin, completamente erguido. Con una mano me sujeto el sombrero de ala ancha sónico y con el otro agarro el pedestal. Es ahora o nunca. Tengo a una cría alienigena a tiro y solo una oportunidad. Cierro el ojo izquierdo e intento medir la fuerza y el ángulo de tiro. El taxista da un volantazo a la izquierda. Casi me caigo. Veo que tenemos un buen tramo de carretera recta. Ahora. Sujeto el pedestal como si fuera una jabalina olímpica y, con todas mis fuerzas se la tiro a la cría. El tiempo se para. O a mí me lo parece. El pedestal sube y sube. Me temo que no va a hacer impacto. ¡Maldita sea, tenía que haberlo tirado más fuerte! O espera, espera... Va a hacer impacto en tres, dos, uno...

Un destello de luz cegadora me desequilibra y hace que caiga hacia atrás. Directito al pavimento, moriré convertido en una masa sanguinolenta, adios Doctor Serio... Cuando abro los ojos, más allá del dolor de espalda, veo que sigo vivo y, de algún modo, sujeto al taxi. Levanto la cabeza y observo cómo la zapatilla derecha se me ha quedado atascada en el cartelito de la parte de arriba del taxi. "¡Gracias al cielo!", pienso para mí mismo. Luego exteriorizo esos mismos sentimientos en un grito desaforado al taxista pidiendo, pofavó, que pare el taxi ahora mismo. Lo hemos conseguido.

En los días siguientes intento ponerme en contacto con Candy. Para ver cómo estaba su padre y tal. El señor Shamone, Mickey "El Tuerto" Shamone, no había podido llegar al hospital y había muerto en la ambulancia. Una pena. Ahora Candy se ha hecho cargo del negocio familiar y, lo que es peor, me sigue culpando de la muerte de su padre. Mis intentos de contactar con ella han fracasado. Estoy "en busca y captura". No me queda más remedio que volver a mi vieja y leal TARDIS y marcharme de allí. Lo último que hago antes de aterrizar en el piso de mi querida Martah Jane es quitar el dispositivo sónico del sombrero de ala ancha y volverselo a poner a mi boina. Y lo que pasó despues... eso ya es otra historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario