Parte 2
Llevo poco tiempo en esta ciudad pero el suficiente como para saber que
el Club Shamone era en realidad la tapadera del mafioso local Mickey "El
Tuerto" Shamone. Un mafioso de los de la vieja escuela que tocaba todos
los palos: juegos de azar, droga, arte y, según me había informado la
señorita Dickinson tras un breve viaje en la TARDIS, estatuas de pájaros
doradas con etiquetas en la parte de abajo que rezaban "Made in China".
Había sido un viaje de poco más de 24 horas, justo al momento en el que
ella, su compañero y yo habíamos quedado. Justo antes de que les
mataran. Ahí descubrí que el hombre era su esposo, que ninguno era de la
Tierra y que, de hecho, El Canario Chino era más que una figurita. Era
el armazón en cuyo centro se estaba gestando una nueva vida, era su hijo
nonato. Por eso tanta prisa en recuperarlo, me dijeron. Querían
mandarlo de vuelta a su planeta natal en el cohete que habían instalado
en el pedestal para que viviese una vida plena. Justo en aquel momento
había aparecido un matón de El Tuerto y los había matado. Delante mía. A
sangre fría. Dos certeros disparos. No pude hacer mucho más así que
volví a la TARDIS.
Así que ahí estamos Candy y yo, a las entradas
del club Shamone. Yo con mi gabardina y mi sombrero de ala ancha
sónico. De lo más normal. Candy con un vestido de noche verde esmeralda.
Nunca dejará de sorprenderme esta chica. Cuando le dije mis planes no
se extrañó en absoluto. De hecho, ya tenía el vestido y los zapatos
preparados. Vestido y zapatos que le quedaban perfectamente conjuntados y
que hacían que, según veníamos, todos los hombres se fueran fijando en
ella. Las mujeres se iban fijando en mí. Bueno, casi todas. Porque yo
siempre he sido muy bonito de ver. Está mal que yo lo diga pero es la
verdad. Somos los reyes del baile de fin de curso del Club Shamone de
esta noche.
Tras dejar la gabardina en el guardarropa (el
sombrero no. Nunca. Es sónico. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar algo
sónico.), pasamos a la sala de baile. Está llena de parejas bailando
jazz. Todo muy de época, vaya. Por eso quizás no termino de comprender
cómo se baila un jazz. Llámenme clásico si quieren. Llamo la atención de
Candy y le dirijo la vista a la hilera de reservados que hay a la
derecha. No es dificil descubrir cuál es el de El Tuerto. Al ser el
dueño del club, ya se ha encargado él de recordarles a todos quién es el
jefe haciendo de su reservado un autentico monumento al mal gusto. El
más recargado, el más colorista, el que tiene el mayor número de
bombillas. ESE es el reservado de El Tuerto. Y ahí está él, mirando la
pista de baile con un puro en la mano agarrado a dos bellezas a cada
cual más cara. Se lo hago señalar a mi acompañante que, no sé por qué,
está extrañamente nerviosa. Lo noto en sus ojos, en su cara y, en
definitiva, en el hecho de que no puede parar de temblar. "Necesito una
copa", me dice. Nos acercamos a la barra.
Tras dos copas por
parte de ella y un vaso de leche por mi parte (no bebo alcohol. Nunca.
Es uno de mis trucos para llegar a los 900 años hecho un chaval.), Candy
se ve con fuerzas. Subimos las escaleras y llegamos a la entrada del
reservado. Dos guardaespaldas de cuatro por cuatro metros cada uno nos
flanquean la entrada.
- No se puede pasar. - dice el Gorila #1,
que parece ser el listo - Es privado y no teneis invitación. Así que
aire, que chispea.
- ¿Acaso no sabes quién soy yo? - Candy, con la
bebida, se ha vuelto más "temeraria". - Ande, dile a Papá que su hija ha
venido a verle.
- ¿¿¿Su hija??? - Mientras Gorila #1, claramente
confundido, entra al reservado, me pego a Candy y le susurro - No sabia
que eras hija de El Tuerto.
- Lo habrías sabido si le hubieras
puesto un poco de atención al contrato de trabajo que me hiciste firmar.
Candy Shamone, hija única de Mickey Shamone. Otra cosa es que nuestra
relación no sea la mejor y llevemos años sin hablarnos... pero sigue
siendo mi padre. - Candy mira para otro lado. Me preocuparía pero ahí
viene Gorila #1.
- Adelante. Pueden pasar, señorita Shamone y acompañante. El señor Shamone les está esperando.
Pasamos.
No está mal eso de "acompañante". Quizás me podría llamar a partir de
ahora "Acompañante Serio". Claro que tendría que hacer otra vez todas
mis tarjetas de visita. Y cada vez que me llamaran tendrían que empezar a
presentarme un día antes. Porque es largo de narices el nombre dichoso.
Nah, me quedo con "Doctor Serio". O, bueno, de momento con "Detective
Serio". Luego ya veremos.
En esas estoy pensando cuando entramos
en el reservado. Es igual de hortera por dentro que por fuera. Una
alfombra de leopardo hace que nuestros pasos apenas suenen. La
decoración, una mezcla de estilo arabe y grecorromano, es lo siguiente a
recargada. Es como si todas las posesiones valiosas de El Tuerto
tuvieran que entrar ahí por decreto ley. En un sofá de madera rojo
descansan (o al menos eso parece) las dos bellezas que hace poco estaban
a ambos lados del gangster. Sus miradas, ausentes, me dicen que este no
es precisamente el sitio en el que querrían estar a estas horas de la
noche pero que bueno, que al fin y al cabo la bebida es gratis, así que
tampoco es el peor en el que podían estar. A un par de pasos, dandonos
la espalda, está el capo observando de cerca su última adquisión: el
canario chino. Se lo hago notar a Candy. Mientras ella mira a su padre,
comprendo el por qué del buen gusto a la hora de vestir de mi
secretaria. Lo ha sacado de su padre. Impoluto, con un traje blanco a
rayas negros, de esos que solo te pones cuando sabes que eres el jefe y
que no te pueden decir nada por llevarlo, coronado con un sombrero del
mismo estilo. Arreglado pero informal. Justo en ese momento se da la
vuelta y puedo verle la cara. Sí, en efecto, nadie podría decir que no
son padre e hija. Como dos malditas gotas de agua. Excepto por un
bigotillo fino que tiene él. Por lo demás, iguales. O al menos en
apariencia. Porque desde el primer momento veo que su relación no es...
afectuosa. Se miran, asienten con la cabeza y poco más.
- Así que era verdad, la hija pródiga vuelve al redil...
-
No te hagas muchas ilusiones, padre. Solo vengo acompañando a mi amigo.
Estaría interesado en comprar algo de tu colección. Enrique Alfarero,
mi padre. Mi padre, Enrique Alfarero. - Nos damos la mano mientras Candy
se echaba a un lado.
- Encantado de conocerle. - Digo. Quiero ir en
seguida a lo que hemos venido. No sé cuánto puede tardar el "huevo" en
eclosionar. - Me perdonará si voy directo al grano pero estaría
interesado en comprarle ese canario de oro que tiene usted allí. El
dinero no es problema. ¿Puedo verlo más de cerca? Soy muy fan de...
eh... la escultura de las Islas Canarias y es una de las piezas que
falta en mi colección.
- Sí, claro, acerquese. Es una de mis últimas
adquisiciones. No le saldrá barato precisamente, caballero. Me ha
costado lo mío y blablabla...
Por mucho que quiera, no puedo
estar atento a lo que me está diciendo el señor Shamone. Al acercarme a
la estatua he visto una pequeña rajita en la base del pájaro que se está
agrandando por momentos. Empieza como una raja pero un par de segundos
despues se transforma en una red de lineas negras que envuelven a la
figurita. No hay más tiempo. El pequeñín va a venir al mundo. Me saca de
mis pensamientos un grito detrás de mí: "¿¡Pero qué hace!? ¡Está
destrozando una obra de arte! ¡Guardias, venid!" El Tuerto está fuera de
sus casillas. Candy está intentando retenerle a la que me mira,
intentando leer en mis ojos alguna explicación racional. Justo en el
momento en el que los dos guardias entran en la habitación con las
pistolas desenfundadas, El Canario Chino explota en mil pedazos y de él
sale aleteando lo que me parece un híbrido gris entre una polilla y un
bebé. Nadie en la habitación da crédito a lo que ve. La cría, asustada,
intenta escapar por la ventana del reservado. Lastima que en su camino
esté el señor Shamone y su hija y los guardias lo vean como un intento
de agresión. Empiezan a disparar. Las balas rebotan en la piel dura de
la cría que, sin notar apenas nada, termina saliendo por la ventana del
reservado.
No hay tiempo que perder. Tengo que conseguir
detenerla antes de que la vea nadie más. Cojo el pedestal y salgo
corriendo del reservado pisando un charco de sangre. Me giro a ver de
quién o de qué es. Veo al señor Shamone tumbado en el suelo, con dos
balas en el pecho, un charco de sangre saliendo de debajo de él y su
hija a su lado llorando desconsolada. Candy levanta la cabeza y me mira.
Veo rabia en sus ojos. No puedo quedarme mucho más. Hay una criatura
extraterrestre ahí fuera que necesita mi ayuda para volver a casa. "Lo
siento mucho", susurro antes de volver la cabeza al frente y salir
corriendo. A mis espaldas oigo cómo Candy me grita y me insulta,
culpándome de la muerte de su padre. Son momentos como estos en los que
esto de ser un Señor del Tiempo se hace cuesta arriba. En serio.
Ya
en la calle, enciendo mi sombrero de ala ancha sónico en modo busqueda.
El pequeñín para ser sólo una cría es bastante rápido y ya me saca
varios cientos de metros de distancia. A esa velocidad corriendo no lo
alcanzo ni de coña, así que me monto en un taxi que está parado enfrente
del club. El coche sale disparado atento a mis indicaciones. Mientras
voy dandoselas al conductor (que, por otra parte, lo está flipando muy
mucho) y nos vamos acercando a la cría, voy dándole un par de toques
sónicos al pedestal para que se transforme de cohete en
teletransportador. Ya tengo preparado un plan. Otra cosa es que
funcione.
El taxista me dice que ya ve en el cielo delante
nuestra algo que parece una polilla gigante. Es la hora. Como veo que me
va a molestar, me quito la gabardina. Luego abro la puerta del taxi en
marcha y, poquito a poco voy escalando hasta encontrarme tumbado sobre
el techo del taxi. Ojito porque si ya de por sí no sería una cosa
demasiado fácil de hacer con el taxi en marcha y las curvas y los
bandazos y eso, se transforma en poco más que una odisea hacerlo con el
pedestal-teletransportador a cuestas. Y aún así llego. Ahora viene la
parte dificil: levantarme y tirar el pedestal a la cría de tal forma que
le dé. Si lo consigo, el pedestal está programado para mandarla
directamente a su planeta. Si fallo... bueno, si fallo se romperá el
invento y entonces no sé cómo narices conseguiré apresar a la cría para
llevarla en la TARDIS a su planeta.
Apoyo las manos en el techo y
hago fuerza. Bien, ya estoy a cuatro patas. Y el pedestal sigue
conmigo. De momento todo va bien. Ahora todo consiste en tener las
plantas de los pies apoyadas y enderezarse. Venga... ¡Oh, mierda, un
tunel de techo bajo! Me tumbo con un golpe sordo. La tripa me duele pero
al menos he conseguido pasar por él. Siento como la goma de las
zapatillas raspa con el techo del tunel. Intento no respirar. El tunel
acaba. Poco a poco vuelvo a ponerme a cuatro patas y, por fin,
completamente erguido. Con una mano me sujeto el sombrero de ala ancha
sónico y con el otro agarro el pedestal. Es ahora o nunca. Tengo a una
cría alienigena a tiro y solo una oportunidad. Cierro el ojo izquierdo e
intento medir la fuerza y el ángulo de tiro. El taxista da un volantazo
a la izquierda. Casi me caigo. Veo que tenemos un buen tramo de
carretera recta. Ahora. Sujeto el pedestal como si fuera una jabalina
olímpica y, con todas mis fuerzas se la tiro a la cría. El tiempo se
para. O a mí me lo parece. El pedestal sube y sube. Me temo que no va a
hacer impacto. ¡Maldita sea, tenía que haberlo tirado más fuerte! O
espera, espera... Va a hacer impacto en tres, dos, uno...
Un
destello de luz cegadora me desequilibra y hace que caiga hacia atrás.
Directito al pavimento, moriré convertido en una masa sanguinolenta,
adios Doctor Serio... Cuando abro los ojos, más allá del dolor de
espalda, veo que sigo vivo y, de algún modo, sujeto al taxi. Levanto la
cabeza y observo cómo la zapatilla derecha se me ha quedado atascada en
el cartelito de la parte de arriba del taxi. "¡Gracias al cielo!",
pienso para mí mismo. Luego exteriorizo esos mismos sentimientos en un
grito desaforado al taxista pidiendo, pofavó, que pare el taxi ahora
mismo. Lo hemos conseguido.
En los días siguientes intento
ponerme en contacto con Candy. Para ver cómo estaba su padre y tal. El
señor Shamone, Mickey "El Tuerto" Shamone, no había podido llegar al
hospital y había muerto en la ambulancia. Una pena. Ahora Candy se ha
hecho cargo del negocio familiar y, lo que es peor, me sigue culpando de
la muerte de su padre. Mis intentos de contactar con ella han
fracasado. Estoy "en busca y captura". No me queda más remedio que
volver a mi vieja y leal TARDIS y marcharme de allí. Lo último que hago
antes de aterrizar en el piso de mi querida Martah Jane es quitar el
dispositivo sónico del sombrero de ala ancha y volverselo a poner a mi
boina. Y lo que pasó despues... eso ya es otra historia.
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