domingo, 16 de septiembre de 2012

Mini-capítulo especial: El caso de la fan loca


El Doctor Serio iba de un lado para otro de la TARDIS, intentando inútilmente huir de su compañera Martah Jane.

- ¡Tráela tráela tráela tráela tráela tráela! - Martah cogió aire mientras ambos daban otra vuelta a los controles de la nave - ¡Tráela tráela tráela tráela tráela trae...
- ¡¡¡Vale ya, pesá!!! - el Doctor Serio se giró y miró a Martah - Si traigo a tu amiga Lucía para que vea a Arthur Conan Doyle como regalo de cumpleaños, ¿me dejarás de dar la barrila de una santa vez?
- ¡Sí! - La cara de Martah alcanzó niveles de monosidad que el Doctor Serio pocas veces había visto. - Porfa, tráela...
- Aiss... venga, vale. Pero solo por esta vez, ¿eh? No pienso hacer esto con cada maldito amiguito tuyo, ¿estamos? - Bajó una palanca que tenía a mano. Martah empezó a saltar de alegría. La nave se sacudió con fuerza. - Vaaaale... pues ya estamos en Londres, 1910, casa de sir Arthur Conan Doyle y dame cinco segundos para traer a tu amiga.

El Doctor Serio se fue al otro extremo del panel de mandos y pulsó un interruptor. Un flash inundó la habitación. Los dos se taparon los ojos. Un par de segundos más tarde, una chica de pelo negro y cara blanca como la nieve estaba frente a ellos. El Doctor Serio podría haber pensado que se había equivocado si no llega a ser porque vio con sus propios ojos como Martah y la recién llegada se daban un abrazo.

- ¿Dónde estoy, Martah? ¿Esto es la TARDIS esta de la que tanto me has hablado? Es mucho más grande por dentro que por fuera...
- ¿Perdooona? - el Doctor Serio miró enfadado a Martah - Martah, por dios, dije que esto lo mantuvieras en secreto. ¡Es que no me escuchas! - Se giró hacia Lucía - Hola qué tal. Soy el Doctor Serio. Un placer conocerla.
- Lo mismo digo. Martah me ha hablado mucho de usted. ¿Esa es su famosa boina sónica? Soy muy fan de usted, en serio.
- Martah, en serio que usted y yo luego tenemos que hablar sobre vivir aventuras y guardarlas en secreto...
- Sí, sí, lo que tú digas Doctor Serio... Mira, Lu, tengo una pequeña sorpresita para ti. Como sé lo mucho que te gusta Sherlock, vas a conocer a Arthur Conan Doyle. ESE es mi regalo de cumpleaños. ¿Te gusta?
- Muy agradecida, Martah, pero a mí la que me gusta es esta serie de Sherlock, la de Bened...
- ¡Sabía que te iba a gustar! - Martah señaló la puerta - Dijiste que ya estábamos en 1910, ¿verdad, Doctor Serio?
- Sí, - el Doctor Serio bajó la vista a los contadores de la nave - pero antes de que os vayáis tengo que avisaros: tened cuidado con lo que le decís al señor Doyle. Podríais cambiar el futuro.  ¿Y vosotras no querréis eso, verdad?

Nadie respondió. El Doctor Serio levantó la vista extrañado. Martah y Lucía ya se habían ido. Y para colmo habían dejado la puerta de la nave abierta. Maldiciendo por dentro, fue a cerrarla.

Hora y media después, Martah y Lucía volvían a la TARDIS. Habían pasado una tarde muy interesante tomando té con Arthur Conan Doyle. Iban tan ensimismadas en su conversación, compartiendo impresiones y riéndose como dos colegialas, que en un principio no se dieron cuenta de que el Doctor Serio no se encontraba en la sala de mandos de la TARDIS. Solo tuvieron conciencia de aquella eventualidad cuando el señor del tiempo entró por una de las puertas y avanzó hacia ellas completamente enfadado.

- ¿¡Qué os he dicho antes!? ¡Que tuvierais cuidado de lo que hablabais con el señor Doyle! Mecagüen la leche, Merche. Es que esto yo ya lo veía de venir. Que claro, tenía que haber ido con vosotras. Si  ya me lo decía mi madre, que no dejes a un par de humanos solos en el pasado, que luego pasa lo que pas...
- ¡Ey ey ey! ¡No ha pasado nada! - Martah, ante tal ataque, se puso a la defensiva - Hemos estado tomando un té con él y poco más. Ni han venido extraterrestres, ni hemos rasgado el continuo espacio-tiempo. ¡No ha pasado nada!
- ¿Que "no ha pasado nada"? ¿¡Que no ha pasado NADA!? A mí me da algo, en serio. - El Doctor Serio respiró hondo - Venid que os enseño lo que NO ha pasado.

Acto seguido salió por la misma puerta por la que había entrado. Las dos chicas lo siguieron. Martah pensó que, para lo que él era, iba andando a una velocidad condenadamente rápida. Lucía intentó recordar el camino y el número de pasillos por los que habían pasado. Al cabo de un rato decidió dejar la empresa por imposible y se dedicó a disfrutar (si aquello fuese posible, vaya) la experiencia.

Al cabo de lo que parecieron horas los tres entraron en una estancia que Martah no había visto nunca. Y no porque no le interesara. Presupuso que el Doctor Serio o no quería enseñársela porque ya la conocía y sabría su reacción o no se la había enseñado porque jamás había salido el tema. Era una habitación pero que en realidad podría pasar por una biblioteca entera. Era muy grande. Extraordinariamente grande. Tan grande que no se podía ver dónde acababa en ninguno de los tres lados restantes. El Doctor Serio estaba sentado en una mesa que había en el centro llena de libros. Las miraba con reprobación. Muy enfadado. Muy fuerte. "¿Queréis saber qué pasa?", dijo el Doctor Serio, "Pues pasa que vuestro té inspiró a Doyle para escribir un relato de Sherlock Holmes que, de no haber aparecido vosotras, nunca habría existido. Es considerado el mejor relato corto del canon Holmesiano. Habéis cambiado la historia. Enhorabuena. Espero que estéis orgullosas. Tomad, mirad." Y les pasó un ejemplar de El Archivo de Sherlock Holmes abierto por una página en concreto:

"El caso de la admiradora desquiciada

Sé que ya son muchas las veces que he remarcado lo extraordinario de muchos de los casos de mi amigo Holmes. Pero créame el lector cuando le digo que este es el definitivo. Puedo asegurar sin mucho miedo a fallar que fue el más emocionante, extraño y emocionante de todos los casos que componen mis archivos. Y realmente todo empezó de una forma bastante simple.

Era una soleada tarde de 1891. Había salido de mi casa rumbo al 221b de Baker Street. Mi amigo Holmes me había mandado un mensaje a mi casa a través de uno de sus Irregulares de Baker Street pidiendo mi presencia lo antes posible. Cuando entré en la habitación, le vi sentado en el sofá con los ojos cerrados, completamente abstraído en sus pensamientos. En el que antes era mi sofá había un desconocido sentado con su sombrero en las manos, nervioso. Cuando cerré la puerta, Sherlock se sobresaltó, me miró, se levantó de un salto y vino a saludarme.

- ¡Oh, Watson! Le estaba esperando. Tengo un caso que igual le puede interesar. Este es el señor Steven Moffat. - Nos dimos la mano. - No sé si habrá oído hablar de él pues al parecer es bastante famoso. Y la fama la lleva bien de no ser por cierta damisela que le está dando problemas. ¿Querría contarle a mi amigo, señor Moffat, su historia tal y como me la ha contado a mí hace un rato? Siéntese, Watson, y prepárese.
- Sí, claro, no me importa. Le decía al señor Holmes antes que hay una señorita joven que no me deja en paz. Por los mensajes que me ha dejado en estas últimas semanas he podido sacar en claro que le gusta mucho mi trabajo, que quiere casarse conmigo y me odia a partes iguales y que se llama Lucía. Ya le dije a su amigo antes que, por el nombre, me parecía española pero no estoy muy seguro. Todo empezó el lunes de hace tres semanas..."

El Doctor Serio esperó a que terminaran de leerlo.

- ¿Veis? Y eso no es lo mejor, que va. ¿Decías que te gustaba la serie esta de Sherlock, la del Sherlock Holmes del siglo XXI? Pues en la temporada 7 tendrá un capítulo basado en este relato: "El caso de la fan loca". ¿Qué os parece? Deberíais estar avergonzadas. No se cambia el tiempo y el espacio así, señoras. Es de primero de Viaje Temporal. En fin... - se levantó de la silla. - Venga, que vamos a dejar a Lucía en su casa y después ya tendremos esa conversación pendiente, señorita Alonso.

Mientras el Doctor Serio salía por la puerta, Martah y Lucía se miraron la una a la otra. No hacía falta palabras para comprender que lo que había empezado siendo el mejor regalo de cumpleaños de la historia se había convertido en algo aún mejor de lo que podrían imaginar. Lucía musitó un tímido "Gracias" mientras un par de lágrimas recorrían su cara. Dejaron el libro en la mesa y salieron de la habitación una al lado de la otra.

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