lunes, 19 de septiembre de 2011

01x02: El andén impoluto (Primera Parte) Por Tioserio

De repente despertó. Tras unos momentos de confusión, intentó levantarse y mirar a su alrededor. No pudo hacer ninguna de las dos cosas. Intentó oír algo. Solo ruido de maquinaria y, extrañamente lejano, el pitido de un tren. Por su mente empezaron a pasar todo tipo de pensamientos. No estaba en su casa, eso seguro. Quizás fuera una broma de sus amigos. Gritó sus nombres. Los gritó tan alto como pudo pero nadie acudió en su llamada. El pánico empezó a apoderarse de todo su cuerpo. Justo en ese momento, el casco empezó a hacer un ruido que indicaba que se había puesto en funcionamiento. Tenía que ser una pesadilla. Una pesadilla de la que se tenía que despertar ahora mismo o estaría muerta. Un grito desgarrador llenó la habitación. Ya era tarde.

1x02: El andén impoluto

"Bueno, Martah Jane. ¿Adónde quieres ir: pasado o futuro?"

El Doctor Serio estaba con los codos apoyados en los controles de la TARDIS, mirando fijamente a Martah Jane, que estaba sentada en una silla de esas del IKEA y que en estos momentos se dedicaba a jugar con la boina sónica. Martah Jane retiró la vista de la prenda y miró al Doctor Serio.

- ¿Sabes qué me gustaría por encima de todo? ¡El imperio romano! Ver a Julio Cesar o poder presenciar el desastre de Pompeya. - Dijo Martah. Los ojos le brillaban. - ¿Podemos, Doctor Serio? ¿Podemos?
- Emmm... - El Doctor Serio cruzó las manos y empezó a jugar con los pulgares - Pues quizás hoy no es el mejor día para ir por allí, no. Ultimamente he tenido... ciertos problemas en ese periodo histórico en concreto. Además, hace muchos años y pilotar la TARDIS para ir tan lejos en el tiempo sería trabajar mucho. - la cara de Martah era un poema. Sobre la desilusión propia de una noticia como esa. O sobre pajaritos que hacen "pio, pio". - ¡Pero podemos ir a otra época más reciente! ¡Seguro! ¡Pide por esa boquita, Martah Jane! ¡El tiempo nos espera!
- Bueno, sí que hay otro sitio al que me gustaría ir. Doctor Serio... ¿Has leido la saga de Harry Potter?
- Claro. Incluso me leí en su día el libro 7. Tienes que leertelo cuando salga. ¡Cómo lloré!
- Emmm... Doctor Serio, el libro 7 ya me lo leí. Hace años que salió. En fin... Siempre quise estar en el momento en el que Harry Potter entra en el anden nueve y tres cuartos por primera vez y coge el Expreso de Hogwarts. ¿Sería posible?
- ¡Claro que es posible! No hay problema. - El Doctor Serio empezó a correr alrededor de los controles de la TARDIS mientras apretaba botones aparentemente aleatiorios y hablaba consigo mismo. - ¡King Cross! ¡Vieja y hermosa Londres! Corro el riesgo de encontrarme con un Señor del Tiempo que hay por ahí pero ¡no importa! ¡Al menos este no me quiere matar! A ver... El 1 de Septiembre de... ¿Qué año? ¡Mil novecientos noventa y uno! - Tiró de una palanca que estaba a la izquierda. - Y la hora... Eh... El expreso salía a las once de la mañana. ¡Iremos a las once menos cuarto! - Pulsó rápidamente unos botones rojos que no tenían nada escrito. - Listo, listo, listo... ¡Ya está! ¡Agarrate, Martah Jane! - La chica se agarró justo en el momento en el que el Doctor Serio hacía girar una manivela. La TARDIS salió escopetada por las autovías del Espacio-Tiempo dando tumbos.

King Cross bullía de actividad. A pesar de tratarse de un domingo, eran miles las personas que en aquel momento paseaban por la estación con propósitos muy distintos. Había algunos turistas intentando coger un tren a las afueras, familias enteras que iban a visitar a otros familiares, gente de negocios con la cartera a cuestas camino de reunirse con algún cliente importante que no se iba a esperar al lunes. Ninguno de ellos reparó en la cabina de policia azul que estaba apareciendo de la nada junto a la pared del andén 10. Tampoco nadie vió cómo se abría ni cómo de ella salían un tipo vestido con chandal, camiseta y boina y una chica con gafas y pelo color cobre que salió corriendo y se quedó parada en medio del ánden.

"Guau, esto es... ¡Guau!" pensó Martah mientras intentaba que sus ojos abarcasen todo lo que allí había. El Doctor Serio tardó unos segundos en ponerse a su lado. Luego se atusó la boina, se metió la mano en los bolsillos y se balanceó con los pies. "Es bonito, ¿verdad?" Martah asintió. Su cabeza se volvió al instante y empezó a buscar la pared que separaba el ánden nueve del diez. Cuando la encontró (estaba a su lado) se acercó y empezó a mirar la pared desde todos los puntos de vista posibles. "Martah Jane, dejame recordarte que Harry Potter es tan solo una saga de libros. Es ficción. Ni Harry Potter existe ni se puede atravesar esa pared y..." La frase del Doctor Serio quedó interrumpida en el momento en el que vió cómo Martah le daba un puñetazo a la pared y la mano desaparecía a través de ella como por arte de magia. Martah miró al Doctor Serio buscando explicación. Solo obtuvo como respuesta una alzada de hombros y una inesperada carrera hacía la pared. La atravesó. Dónde antes había un Señor del Tiempo, ya no había nada. Martah sacó la mano de la pared.

No pasaron ni dos segundos hasta que una cabeza coronada por una boina apareció a través de la pared. "¡Oh, dios! Así que es verdad. ¡Martah Jane, tienes que ver esto! ¡Ven!" Y sacando una mano, cogió del brazo a Martah Jane y la arrastró al otro lado.

Lo de King Cros apenas eran cuatro personas comparado con la cantidad de gente que había en el andén al que habían llegado. Un cartel por encima de toda la muchedumbre confirmaba que estaban en el andén Nueve y tres cuartos, lugar de parada del Hogwarts Express. La locomotora en cuestión estaba lista para partir mientras que en los vagones los alumnos iban entrando y sentándose, preparados para otro curso escolar. Martah Jane intentó buscar a Harry Potter o a los Weasleys en la marabunta de padres, alumnos y carros. Fue abriendose paso a empujones para investigar más a fondo. Mientras el Doctor Serio se quedó hablando con el maquinista, que no era hombre muy dado a la palabra por cierto.

El reloj de la estación comunicaba a todo aquel que lo viese que solo quedaba un minuto para las once. Martah había investigado por fuera casi todo el tren en busca de Harry Potter y sus amigos. Quería haber entrado pero encontró misteriosamente todas las puertas de los vagones cerradas. Estaba a punto de empezar con el penúltimo vagón cuando escuchó las campanadas de la hora. Ya eran las once. El Expreso estaba a punto de partir. Pero no lo hizo. El Doctor Serio miró al andén extrañado. Con cada campanada, unas cuantas docenas de personas desaparecían. No salían por la salida, ni se metían en el tren. Simplemente desaparecían. Cuando hubo sonado la campanada número nueve, apenas quedaba nadie en el andén. Con la campanada once, los únicos seres humanos allí eran Martah y el Doctor Serio. No quedaba ni el maquinista.

- ¡Doctor Serio! - Gritó Martah Jane mientras corría desde la otra punta del andén. - ¿Qué ha pasado? ¿Por qué todo el mundo menos nosotros se ha desvanecido?
- Si te digo la verdad no tengo ni la más remota idea. - El Doctor Serio se quitó la boina y se rascó la cabeza. - Lo que tengo claro es que el Expreso no ha salido y todo el mundo ha desaparecido. Eso es una clara señal de que igual tendríamos que irnos yendo.

El Doctor Serio y Martah Jane intentaron pasar por la pared de ladrillo por la que habían entrado antes. No pudieron. Lo más que consiguieron es un golpe que les tiró al suelo y una nariz dolorida. Estaban encerrados en el ánden Nueve y tres cuartos. El Doctor Serio se arrodillo frente a la pared e hizo funcionar su boina sónica mientras Martah Jane fue en busca de un asiento en el que poder descansar.

Había pasado media hora y nada había cambiado. El Doctor Serio no había encontrado nada en aquella pared que fuese reseñable y ahora se encontraba sentado junto a Martah en uno de los bancos. Ninguno de los dos hablaba. Intentaban explicarse qué había pasado y se preguntaban si acaso tendrían que estar allí hasta el 1 de Septiembre del año que viene. Fue entonces cuando, al otro lado de la estación, un punto de luz blanca empezó a vislumbrarse. La primera en verlo fue Martah que avisó al Doctor Serio con un codazo en las costillas. Intentó quejarse pero en seguida vió lo que señalaba su compañera y se quedó mirando. Ambos se levantaron del banco mientras el punto de luz subía hacía el techo y poco a poco iba haciendose más grande y más resplandeciente. Llegó un momento en el que mirarlo era toda una temeridad. Su luz era tan fuerte que Martah y el Doctor Serio no tuvieron más remedio que cerrar los ojos y taparselos con las dos manos.

Un par de minutos después el Doctor Serio y Martah abrieron los ojos. El andén seguía estando allí pero alguien o algo lo había desprovisto de todo color. La locomotora, el cártel, los bancos, absolutamente TODO era de color blanco. Parecía, o al menos eso pensó Martah entonces, una versión celestial del ánden Nueve y tres cuartos. Sólo había una cosa que no era blanca y que saltaba fácilmente a la vista. Había debajo del banco en dónde habían estado sentados minutos antes una amalgama de carne roja que, de vez en cuando, se movía y se tambaleaba en el sitio. Y en la otra punta del andén, sin saber cómo ni de dónde apareció, se hallaba una figura humana vestida con túnicas blancas que empezó a acercarse. Poco a poco se fueron distinguiendo los rasgos de un hombre mayor, con una nariz aguileña, unas barbas canas que casi le llegaban al suelo y unas gafas de media luna. Cuando llegó a la altura de Martah y el Doctor Serio se quitó las gafas, dibujó una sonrisa en su rostro y dijo con una voz áspera pero paternal:

- Hola, buenas. Soy Dumbledore.

(CONTINUARÁ)


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