Parte 2
El Doctor Serio y Martah miraron al anciano que se hallaba ante ellos cada uno de forma diferente. Martah con estrellas en los ojos, maravillandose ante cada visual que echaba. La mirada del Doctor Serio era más incrédula. Aún no podía entender el qué y, sobretodo, el cómo era eso posible. En una situación normal hubiese pasado de buscar alguna explicación y se hubiese dejado llevar por la ignorancia pero en aquel momento su instinto de Señor del Tiempo le decía que algo no andaba bien.
- ¿De verás eres Dumbledore? ¡Cómo mola! - las palabras apenas podían salir de la boca de Martah. - ¿Pero el mismo Dumbledore que es director de Hogwarts? ¿El mismo?
- El mismo. El único y verdadero director de Hogwarts. Un placer conocerte, eh... ¿cuál es tu nombre, querida niña?
- ¡Martah! ¡Me llamo Martah Jane! Y, bueno... niña lo que se dice niña...
- Para mí eres una niña, Martah, si te comparas conmigo. - Dumbledore esbozó una sonrisa que contagió a Martah.
- ¡Ey, ey, ey! Un momentico... ¿Eres Dumbledore? ¿En serio? - El Doctor Serio adelantó un paso y se interpuso entre los dos. - Porque este escenario y estas ropas me resultan muy familiares. Todo me está diciendo que usted está muerto PEEEEERO estamos en 1991 y en esa fecha todavía no estaba ni medio pachucho. ¿Por qué no me lo explica? Y sobretodo... ¿qué hace ese paquetito rojo debajo del banco? Porque ahora me dice que es Voldemort y yo es que me troncho, me soslayo y me reverbero. De verdad.
- Tú eres el amigo de Martah, por lo que veo. El Doctor Serio... Sí, es famosa tu estampa incluso en el mundo mágico. Bueno... - Dumbledore se quitó las gafas y se puso a limpiarlas con una esquina de la túnica. - Depende de tí creer si esto es real o no. Dumbledore puede ser un tipo que está en Hogwarts haciendo cosas importantes... o puede ser un anciano con barba blanca que ahora mismo está aquí intentando ayudaros.
- ¡Eso, Doctor Serio! - Martah miró enfadada al Doctor - De verdad que no me creo que no se lo crea. Si no me lo creyese yo, entonces me creería que me creyera cuando te lo digo que me creo la creencia pero... Eh... Jeje, creo que me he hecho un lio. Bueno, eso, que muy mal me parece que no se fie usted de Dumbledore. Tio, tú antes molabas.
- Vale, vale. - El Doctor Serio señaló con el dedo a Dumbledore. - Pero te estaré vigil... ¡Oh!
El Doctor Serio dió unos toquecitos de advertencia con el dedo a Dumbledore. Sorprendemente, no tocó carne. En vez de eso el dedo del Doctor Serio traspasó la túnica y el hombro. En un instante, todo el puño había seguido al dedo y este se asomaba por la espalda del mago. El Doctor Serio retiró la mano y empezó a mirarsela completamente asombrado. Aprovechando su confusión, Dumbledore lo rodeó, susurró algo en la oreja de Martah y empezaron a andar juntos por el andén.
- Perdona al Doctor Serio. A veces es un poco... realmente no sé muy bien cómo es. Hace poco que le conozco. Pero me salvó la vida o algo. - Martah casi corría detrás de Dumbledore. - Me ha traido aquí y creo que se siente culpable por haber dejado que nos encerraran. Lo que me recuerda... ¿Nos podrías hacer un favorcito, Dumbledore?
- Dime y veré si está en mi mano.
- Pues verás. La cosa es que llegamos aquí porque quería ver el Expreso de Hogwarts y entramos y cuando llegó la hora de la sálida del tren desaparecieron todos. Luego intentamos salir y no pudimos. ¿Nos podrías decir cómo salir de aquí? Porque igual un andén blanco mola y todo pero... empiezo a tener hambre.
- ¿No quieres quedarte con Dumbly? ¿En serio? - Martah negó con la cabeza. Dumbledore se encorvó durante un par de segundos. Luego volvió rápidamente a ponerse derecho. - Vale, si tú quieres... Lo único que tienes que hacer es entrar en la locomotora del Expreso y ponerla en marcha. Ven, que te enseñaré - Dumbledore pasó el brazo por los hombros de Martah. - ¿Ves? Esta puerta está abierta. Solo tienes que entrar y...
- ¡¡¡NO, MARTAH, NO ENTRES!!! ¡Y APARTATE DE DUMBLEDORE, MALDITA SEA!
Martah y Dumbledore se giraron a la vez. Al otro lado del andén vieron como el Doctor Serio estaba junto al banco que habían dejado. Las normalmente relajadas facciones del señor del tiempo se habían transformado en una expresión de iracunda furia. Sostenía en alto lo que Martah enseguida reconoció como la amalgama de carne roja que había visto justo debajo del asiento. El tiempo pasó a cámara lenta. El Doctor Serio tiró al suelo la amalgama roja de carne. Martah miraba sin saber muy bien qué pensar. Dumbledore, totalmente sorprendido, corrió hacia el Doctor. Antes de llevar media parte del camino recorrido, la amalgama roja se estrelló contra el suelo haciendo un ruido metálico y generando una minúscula explosión. Dumbledore paró en seco y se hizo un ovillo en el suelo mientras gritaba de forma ininteligible. El suelo que pisaban empezó a temblar. El andén blanco se estaba yendo y, en su lugar, dejaba ver una pequeña habitación verde en la que todo era metálico. Ya no había Expreso. Ni Dumbledore. Ni tampoco amalgama roja. El lugar de esta última lo ocupaban los restos de un aparato destrozado.
Martah miró en derredor. ¡Había cambiado todo tanto! Pero al menos la puerta abierta que, supuestamente, les sacaría de ahí seguía abierta. Miró al interior. Vió una sala que parecía ser de operaciones pero muy sucia. En el centro había una camilla manchada de sangre, rodeada de aparatos punzantes y cosas que, en general, darían mucho dolorcillo y coronada por una especie de casco enlazado al techo por un tubo. Martah, asqueada, cerró la puerta de inmediato. Ella y el Doctor, que seguía al lado de los restos del aparato, se miraron. Luego miraron hacia el techo. Unas luces rojas empezaron a parpadear al tiempo que una sirena sonaba y una voz gritaba: "Seguridad en celda Z-11. El rebaño ha encontrado el holograma. Repito: el rebaño ha encontrado el holograma." El Doctor enseguida empezó a mirar a todas direcciones.
- ¡Oh, Cezalodones! ¿Cómo he podido estar tan ciego? ¡Claro que eran Cezalodones! Entonces por aquí debería haber... ¡Aquí esta! - El Doctor Serio se acercó a un rectángulo en la pared que abarcaba casi desde el techo al suelo. Se arrodilló (no sin cierta dificultad) y empezó a examinarlo. - ¡Alonso! ¿Me puedes hacer un favor? Mira la puerta que hay allí, ¿la ves? No, no la que acabas de cerrar. Esa otra. Si se abre y aparecen unos tipos con armaduras y pistolas, ¿podrías encargarte? ¡Claro que puedes encargarte! Me encargaría yo mismo pero estoy intentando hacer funcionar el portal espacio-temporal este. Solo tienes que darles un puñetazo aquí, entre los ojos. Eso les mata. ¡Oh, mano de obra barata! Debí de haberlo supuesto.
El Doctor Serio se puso manos a la obra mientras que Martah se colocaba delante de la puerta. Puerta que no tardó ni dos minutos en abrirse. Ante Martah apareció una fila entera de seres con tentáculos que iban recubiertos de placas de algo parecido a metal. Su cabeza (si es que se le podía llamar así) estaba protegida por un casco que no dejaba ver absolutamente nada de la cara de los seres más allá de un simple agujero emplazado en dónde en los humanos estaría el entrecejo.
- Ya veo adónde hay que darles, Doctor. - gritó Martah. - Pero hay un pequeño problema: ¡Mi puño no cabe en ese agujero! De hecho, es poco probable que quepa ni mi dedo. ¡Alguna idea! - Los Cezalodones se iban acercando cada vez a Martah. Sacaron sus pistolas y las apuntaron hacia ella. - ¡Igual me vendría bien una rápido!
- ¿Ein? Oh, espera... - El Doctor Serio dejó su boina sónica y empezó a rebuscar en los bolsillos de su chandal. - Aquí está. ¡Tome, Alonso, pruebe con esto! - El Doctor Serio le tiró a Martah una varita de esas de plástico del bueno.
- ¿Esto qué es? ¿¡Una varita!? ¡Qué narices haces tú con una varita, Doctor Ser... Vale, realmente no sé si quiero saberlo. Servir sirve, que no es poco. - Tiró la varita al aire y la volvió a recoger. La cogió como si cogiera un puñal y se preparó para la batalla. - ¡Chicos! ¿Quién quiere ver a una Ravenclaw enfadada?
Martah corrió hacia uno de los Cezadolones y, sin dejarle tiempo para disparar, le incrustó la varita con fuerza por el agujero del casco. El Cezadolón dió un paso atrás, soltó un grito (muy parecido al que había soltado Dumbledore antes, pensó Martah) y cayó de espaldas. No había tiempo para pensar en lo hecho así que Martah enseguida cargó contra el siguiente Cezadolón. Mientras tanto, el Doctor Serio seguía apuntando su boina sónica al rectángulo en la pared buscando la forma de arreglarlo. Llegó al lado de un cajetin que había al lado y que estaba conectado al rectángulo. Apuntó la boina y lo soniqueo. Un chasquido y el interior del rectángulo se iluminó y dejó ver la estación de King Cross.
- ¡Sí! Doctor Serio, los tienes cuadraos. No te beso porque no llego, leches. ¡Alonso! ¡Lo abrí! ¡Rápido, venga acá que nos vamos de esta celda!
- ¿Ya, Doctor? Bueh, una pena. Estaba pasando un buen rato. ¡Lo siento, chicos, otra vez será! - Martah sacó la varita del casco de otro Cezalodón. Una pila de cadaveres extraterrestres estaba a su lado. - ¿Sabe, Doctor Serio? Creo que cada vez me gusta esto más. Por cierto... ¿por qué le ha dado ahora por llamarme por mi segundo apellido?
- Oh, ¿no le gusta que le llame "Alonso"? No sé, me salió sin más. Pero a partir de ahora intentaré ceñirme a su nombre.
- ¡No, no! Si sí que me gusta. Solo es que me ha resultado raro. No me importa, en serio. Ahora... ¿podríamos irnos ya de aquí, por favor?
- Claro que sí. ¡¡¡Alons-y Alonso!!!
Nadie en King Cross se había fijado en el par de personas que habían aparecido a través de la pared. Ni tampoco nadie se fijó en el tipo con chándal y boina que se agachó y dirigió su boina a esa misma pared. Y, por dios, nadie que estuviese allí entonces recordará una cabina azul de policia que hubo en el andén 10 y que poco a poco fue desvaneciendose hasta desaparecer. Una cabina que tenía un rumbo desconocido que nadie en aquella estación podría siquiera imaginar.
HARTE, SENIOR, HESTO ES HARTE +.+
ResponderEliminarAplausos, aplausos ¡He aquí un genio!
ResponderEliminarY quiero un dibujo de los Cezalodones!!!!