La joven estudiante se preparaba delante del espejo de la entrada de su casa. Unos pequeños toques en el pelo, cogió su mochila y salió de la casa.
Bajó hasta la estación de metro. Cinco paradas y luego un bus hasta la universidad. Se limitó a escuchar música.
Marta Jane entró en la universidad con los auriculares aún puestos y con desgana. Primer día. Nada había cambiado. Se dirigió hacia la primera aula que le tocaba aquel día en su carrera de Filología Clásica. Apenas dedicó una mirada a los técnicos que cambiaban las corcheras. Fue entonces cuando se fijó. Todo parecía más “metálico”, más nuevo. Habían cambiado todo el material universitario.
-Ya veo dónde se va el dinero de las becas…
A la hora del almuerzo se dirigió a la cafetería. Todo nuevo allí también, sillas, mesas e incluso las bandejas. Sacó la comida de su bolso y, sin más, comenzó a comer mientras hojeaba una revista.
Fue entonces cuando sintió algo. Levantó la vista confundida. Todo parecía normal. Sin embargo, ella había sentido un pequeño traqueteo, un temblor. Miró al suelo pero todo parecía normal. Movió un poco la silla y siguió comiendo, con la terrible sensación de que algo iba mal, de que había sentido aquella energía a pesar de estar convenciéndose a sí misma de que había sido su imaginación. Primer día, eso era todo.
Cuando acabó, se levantó y allí comenzó todo. La energía, el temblor que sintió antes se volvió a producir. Se giró, asustada y retrocedió varios pasos. Todas las mesas, sillas, bandejas, se movían.
Se escuchó un grito y todos salieron por las puertas. Éstas, que eran nuevas también, se cerraron cuando Marta Jane y un pequeño grupo aún seguía dentro. El pánico se extendió y los gritos se sucedieron. Varios chicos golpearon las puertas, sin éxito.
-Dejadme intentar –dijo Marta.
-No creo que puedas.
Marta Jane le dirigió una mirada de soslayo. Tomó algo de impulso y sacudió una patada a la unión entre las puertas, que se abrieron de golpe.
-Pesas tobilleras y bicicleta estática. Buena combinación.
Salió sin prisa, mientras los demás la contemplaban atónitos. Fue apenas un segundo, pues después todos salieron aterrados. A pesar de todo, allí el escenario era el mismo: las corcheras con marco metálico se habían desprendido de la pared y lanzaban chinchetas. Había varias personas tiradas en el suelo, aparentemente inconscientes.
En secretaría se habían quedado encerrados e intentaban en vano abrir la puerta. Los ordenadores y la fotocopiadora habían cobrado vida e intentaban estrangularlos.
Marta, con la preocupación en aumento, intentó tomar la iniciativa.
-¡Todos a las puertas! ¡Ya!
No se dio cuenta de que fue entonces cuando alguien gritó lo mismo. Un hombre vestido con chándal y ataviado con una boina con punta brillante se giró hacia ella y la miró extrañada.
Habían llamado la atención, no sólo de los estudiantes, profesores y demás trabajadores, sino que también de los metales. Mientras que éstos se apresuraban a intentar abandonar el edificio, Marta Jane corrió hacia el otro que había gritado.
-¿Quién eres? Nunca te había visto. –preguntaron ambos.
-Marta Jane.
-El Doctor Serio.
-¿Eso es un nombre?
-Sí.
-¿Sabe algo de esto?
-Bueno, sólo sé que es alienígena.
-¿Unas corcheras alienígenas?
-Podría ser peor. Podrían ser maniquís vivientes y tú una rubia sosa.
-¿QUÉ ESTÁ INSINUANDO?
Los metales los habían rodeado. No había escapatoria.
-¡Apártese! –exclamó el Doctor Serio mientras se inclinaba.
-¿Sabe? No creo que sea muy adecuada ahora una flatulencia.
-¡Calle!
El Doctor se llevó la mano a la cabeza y la punta de la boina se iluminó con un resplandor. Los metales que se estaban acercando peligrosamente se pararon súbitamente. Paralizados como estaban, el Doctor los pudo atravesar con Marta Jane agarrada de la mano.
-¿Se puede saber qué es eso?
-Bueno, una aleación metálica algo especial.
-Soy de letras, pero no tonta. Explíquese.
-Muy bien. Verás, este metal ha sido creado con metales extraídos de una mina superficial en Alemania. Una mina superficial es cuando las vetas del mineral están cerca de la tierra, por lo cual, para producir a su extracción no hay que cavar túneles.
-Te sigo.
Seguían corriendo esquivando nuevas acometidas de los metales. De vez en cuando, el Doctor Serio se inclinaba para aturdir a una fotocopiadora, una silla o una estantería.
-¿Podríamos parar un segundo? No estoy acostumbrado a correr. No corro, ¿sabe usted?
-Creo que estaremos aquí tranquilos un poco. Cuénteme más sobre esa mina.
-Esa mina superficial ha sido una mina natural. No hubo necesidad de hacerla. Fue hecha por un meteorito mucho tiempo atrás. El mineral procedente de éste había quedado enterrado por una capa de tierra. Meses atrás, había quedado al descubierto y con esos minerales hicieron una aleación metálica que una empresa de material de oficina compró.
-Justo ahora tenían que renovarlo…
-Ésa ha sido la suerte. He podido viajar aquí en el tiempo pues fue aquí destinado gran parte de ese material. El resto son casos aislados. Por eso tengo que trabajar.
-Le ayudo.
-Trabajo solo.
-Creo que podría ayudar.
-¿Por ejemplo?
-¿Por qué cobran vida ahora? Seguro que el meteorito dejó suficiente desperdigado como para que hubiese llamado la atención antes.
-Ésa es una pregunta interesante. No había caído en ello. Gracias, Sarah Jane.
-Marta, Marta Jane Alonso.
-Debe haber algo que haya provocado que despierte… Pero tenemos que salir primero de aquí…
-Las puertas están por allá, a la derecha.
-Sí, me parece que aparqué ahí enfrente… ¿Podemos ir ahora andando?
-¿Es usted un vago, Doctor Serio?
-No, es tan sólo que me gusta poco trabajar.
Marta puso los ojos en blanco. Fueron caminando hasta las puertas. Allí habían varias personas inconscientes, otras chillando y otras, golpeando las puertas.
-¡Boina sónica! Boina’s are cool.
-¿Por qué habla usted inglés?
-¿Qué? ¿Mi TARDIS no le ha traducido a usted lo que yo dije?
-¿Su qué?
El Doctor negó y se inclinó. Su boina de nuevo volvió a brillar y a aturdir a los metales. Las puertas se abrieron de golpe. La muchedumbre salió corriendo. Afuera habían varios coches de policía.
-Cerraré las puertas…
-¡Puede que haya más gente dentro!
-Y es seguro que la policía entrará y empeorará la situación. Dispararán. Estoy seguro de que pueden asimilar cualquier metal y convertirlo en parte de ellos. ¿Cómo crees que convirtieron los ordenadores, fotocopiadoras y ese material?
-Oh…
-La llevaré a mi nave.
-¿Su nave? –preguntó Marta Jane mientras el Doctor se inclinaba y cerraba con su boina las puertas.
-Sí. Sígame.
Pasaron junto a los policías, que les pidieron identificación. El Doctor sacó de su chándal un extraño papel y dijo:
-Thyo Serio. Agente de la FEA: Federación Extraterrestres y Alienígenas. Es mi deber clausurar este edificio por motivos de seguridad.
-¡Pero hay gente dentro!
-Créame cuando digo seguridad.
El Doctor pasó caminando frente a ellos y Marta se despidió de los agentes con una sonrisa y se apresuró a seguirlo.
Salieron al solar frente a la universidad. Un solar vacío, excepto por una pequeña cabina azul en el centro.
-¿Y bien? ¿Su nave? ¿Es invisible?
-No, está ahí.
-¿Eso? –preguntó decepcionada Marta que perdió de repente la poca confianza que tenía en el otro.
-¡Eh! ¡Cuidado tenga usted con mi TARDIS!
-¿TARDIS?
-Time And Relative Dimensions in Space.
-¿Por qué me ha vuelto a hablar en inglés?
-¿Que no se lo ha traducido? Habrá un problema en el receptor de lenguaje…
-¿Vuela usted solo en esta cabina? Bueno, es obvio. No cabe nadie más.
-¡Oiga! Pues le voy a dejar con la palabra en la boca, mire.
El Doctor Serio se dirigió a la cabina y la abrió, entrando. Le hizo una seña a Martah Jane para que entrase y ella, extrañada, entró cuando vio que el Doctor se echaba a un lado.
Lo que vio allí la dejó sorprendida.
-¡Es más grande en el interior!
-El comentario de siempre… Sí.
-¿Pero cómo puede ser?
-Tecnología de los Señores del Tiempo. No le puedo desvelar nada. Bueno, no estamos por eso aquí.
-¿Y a qué hemos venido?
-A escanear el espacio. Tiene que haber algún tipo de anomalía que provoque su vuelta a la vida…
-Sí usted lo dice…
El Doctor fue hasta el centro de la gigantesca sala donde había un extraño panel de control. Comenzó a pulsar botones y a bajar palancas.
-¿Esto para qué es? –dijo Martah señalando una palanca.
-No lo toque –replicó el Doctor con un golpe en la mano.
-¿Y eso?
-Calle, he dicho.
-¿Y eso?
-Que le he dicho que… OH VIRGEN DE LA MACARENA GALLIFREYANA.
-¿Qué? ¿Qué es?
-Hay un asteroide acercándose a la Tierra. Un asteroide de la misma procedencia… ¡Genera la energía suficiente como para despertar del letargo a los metales!
-¿Entonces qué debemos hacer?
-No lo sé… Escaneémoslo.
El Doctor bajó una palanca y el monitor mostró un nombre.
-Fextellopateriosus III. De ahí proviene. Lo cual es un problema.
-¿Por qué?
-Porque los fextellopaterienses no disponen de combustible suficiente en su planeta. Desvían meteoritos y los usan de naves.
-¿Quiere decir que…?
-El meteorito que se estrelló era una nave espacial. Y ése de ahí también.
-¿Nos están invadiendo?
-Eso parece, Martah Jane. Eso parece.
-¡Debemos hacer algo!
-Vaaaaaale. Pondré el micro. Ejem, ejem: Oigan, hola fextellopaterienses, ¿qué tal están ustedes? El caso es que aquí en la Tierra es domingo y no se trabaja, ¿saben? ¿Podrían venir otro dia? Yo qué sé, ¿dentro de 120 años?
Una voz lúgubre y cavernosa salió de los altavoces.
-Estamos decididos a conquistar su planeta y sus carburantes… Y liquidaremos a todos los humanos si hace falta. Y además… allí es lunes.
-Oh, mi mentira inteligente fue descubierta.
-Ésta es una falta grave. Pasaremos a la táctica 1.
-¿Cuál es la táctica 1, Doctor?
-Disparar láseres contra la Tierra.
Entonces empezó. Rayos comenzaron a descender desde el espacio impactando contra la Tierra. Sumado a los metales vivientes, aquello era el completo caos.
-¡Doctor! ¡Piense algo!
-¡Lo hago! ¡Pedirlo por las buenas no ha funcionado! No sé qué más hacer.
-Nunca funciona, Doctor.
-Ya, pero es que me da pereza trabajar.
Martah dirigió una mirada de preocupación al Serio que se decidió.
-Muy bien. No hay segundas oportunidades. Ya sé lo que podemos hacer. Seguiré la frecuencia de la energía que desprende el asteroide. Debe de ser muchísima. En efecto. ¡DIOS MÍO! Se sale de las mediciones. Ahora hago esto…
-¿Doctor?
-Ajá –respondió mientras seguía trabajando.
-¿Sabe usted lo que hace?
-No, pero así es más divertido.
-Ah…
-Ahora activo el condensador de materia oscura y… ya está.
-¿Qué ha hecho?
-Estoy redirigiendo toda la energía hacia el asteroide.
Alrededor del mundo los metales comenzaron a parase y volverse inertes. En la universidad de Martah Jane, las estatuas metálicas estaban en todos los pasillos por los que corría gente aterrada contra las puertas. La policía entró cuando vio que todo el metal se había calmado liberando a la gente.
En órbita, en el espacio, la nave espacial voló por los aires gracias a su propia energía. Todo volvía a la normalidad. La Tierra estaba protegida.
-¡Qué guay! ¡Doctor, es usted genial! ¡Y vago, por supuesto!
-Me lo dicen. Me lo dicen.
-¿Sabe? Hacemos un gran equipo.
-Sí… eso mismo estaba pensando yo. Mire, hace tiempo que no viajo con gente y…
-¿Que si quiero ir con usted? ¡Por supuesto! ¿Podemos hacer una parada en mi casa, eh?
-Oh, bueno, sí, no me esperaba tan repentinamente… ¡Allá vamos!
La TARDIS aterrizó en casa de Martah. En su habitación.
-Oiga, Doctor… ¿No tiene un bolso o algo que sea más grande en el interior?
-Sí, espere… -El Doctor se inclinó y abrió un compartimento de su consola de control sacando un bolsito de cuentas. Se lo tiró a Martah Jane y ésta salió de la TARDIS sonriendo.
Martah se agachó junto a su cama y de debajo del colchón sacó un bazooka. Sonrió. Lo metió en el bolsito.
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